miércoles, 23 de julio de 2008

Bailando una danza rota


Ella lo extraña cada mañana cuando al abrir sus ojos no son los de él su primera imagen del día, sino ese otro lado de su cama individual que, con el paso del tiempo se va haciendo más gigante y fría como el océano ártico. Una corriente de aire frío que pasa a través de la ranura de su ventana hace aún más fuerte esa imagen. Ella se aferra al calor de su cobija, cierra sus ojos, sólo por unos segundos más, y toma una bocanada de aire que exhala lentamente, como si con ese aire llenara el vacío de su ausencia, como si con él se inflara de fuerzas para comenzar un día más sin los buenos días de esa mirada que le sonríe cuando el sueño impide pronunciar palabras.

Cuenta hasta diez, abre sus ojos nuevamente y se estira con suavidad sintiendo como cada músculo de su cuerpo se acomoda. Vuelve a suspirar, una vez más, dos veces más. Dicen las abuelas que un suspiro es un beso no dado. Ella suspira por los besos que no recibió de él aquella mañana y por los que no recibirá en el resto del día. El sol se cuela por sus persianas dibujando una linda trama sobre su cuerpo y, el olor a café, que casi puede saborearse, la invita a que se rinda una vez más a la normalidad de sus días.

Afuera la esperan una linda mañana de invierno y su rutina tan automática, repetitiva, tan cotidiana. Una rutina signada por el reloj, por horas pico, por la hora de entrada, por la hora de almuerzo, por la hora de salida y por las horas pico nuevamente. Y es que ella se mueve con la inercia que mueve a esta necia ciudad, al mismo ritmo de la masa que, al igual que ella sabe de memoria hacia donde van, pero no se dan cuenta por donde. Y es que todos están demasiado apurados para darse cuenta que cortaron al pobre árbol que tenía toda la vida en la esquina, para distinguir la diferencia del reflejo del sol de invierno, para disfrutar durante un segundo del arcoiris que se forma en las gotas de rocío, o para subir la mirada al cielo y ver que las nubes se alinearon como un tablero de ajedrez. No, en esta ciudad no hay tiempo para esas cosas. Y aunque esta rutina pueda parecer banal, ella reconoce que la implementa sólo para hacer que el tiempo sin él pase de manera imperceptible, aunque al final eso sea un simple simulacro.

Cuado el día llega a su fin, después de haber sucumbido una vez más ante la implacable cotidianidad, ella lo imagina nuevamente y se aferra a la idea de que cuando esté a su lado todo cobrará sentido. Ese día su mirada dejará de rebotar ante otras que no miran, o ante aquellas que, al igual que la de ella, reconocen que no es esa la se busca, que no esa la que se quiere encontrar. Ya no será necesario escabullirse en aquellas ceremonias que pueden llevarse a cabo sin uno como la proyección de esa película del ciclo de cine francés, una presentación de la orquesta sinfónica, o en aquel concierto de jazz en donde tocará un pianista prodigio, del que después no recordará su nombre. Las calles llenas de gente ya no le parecerán tan vacías, las avenidas ya no parecerán tan anchas. Seguramente dejará de sentirse tan anónima y diminuta entre la estampida de carros que circulan por la ciudad, y su sonrisa, esa que suelta sin ningún motivo, no volverá a pasar desapercibida.

Todo ese trajín fútil cobrará un poco de sentido cuando por fin ellos se encuentren. Dejarán de acatar actos vanos y sus miradas dejaran de rebotar sin sentido para finalmente reposar en la del otro. Ese día lograran estar a salvo del peligro de lo cotidiano, de lo inútil, de lo falaz.

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